Como ya es mi costumbre por las mañanas, me disponía a escribir un microrrelato. El de hoy sería especial: una especie de pastiche en homenaje a la serie de televisión Dinastía; concretamente, un episodio basado en Alexis Colby, la más fascinante de todas las villanas habidas y por haber.
Estaba apenas prendiendo la computadora para empezar a teclear la historia cuando, sobre la azotea de mi casa, apareció un helicóptero del cual bajaron varios miembros de un cuerpo de élite. Entraron a la estancia donde yo me encontraba y uno de ellos sentenció:
"Está usted arrestado; nuestros abogados no permiten el uso de propiedad intelectual sin un permiso explícito. Será llevado a Nueva York para responder por estos graves cargos".
Dicho y hecho, me encadenaron de pies y manos, y en menos de veinticuatro horas ya estaba ante un juez. Mi abogado defensor (de oficio) parecía más un borrachito de cantina que un licenciado; se me acercó y me dijo al oído:
"Alegaremos intertextualidad; de ese modo convenceré al jurado de que le cambien la pena de muerte por cadena perpetua".